martes, 10 de septiembre de 2013

algo con que comenzar

y poco más...

2 comentarios:

  1. ...Ocupo las noches dejando vía libre a mis ganas de llorar y durante el resto del día aparento la torpe normalidad del recién llegado. Aunque hace ya más de un año que la herencia se hizo efectiva, no decidí instalarme en el piso de Valencia hasta la semana pasada, un miércoles con la suerte de las primeras moscas del año. Afortunadamente, los viejos recuerdos se limitaban a cuatro paseos inconexos por los mercados, de la mano de mi padre, con lo que el resto de la ciudad iba a ser capaz de transmitirme la palpable sensación de un desconocido.
    Tras una breve aclimatación o una larga pérdida de tiempo, el viernes a primera hora compré un cuaderno cuadriculado en una papelería de la calle Sueca, volví a casa para hacer una lista incompleta de todo aquello que podría serme útil para una estancia indefinida, y cogí un autobús hasta la playa de la Malvarrosa. Creo que pasé tres horas sin ser capaz de escribir una sola palabra, repasé la lista: cafetera, cuatro bolígrafos, seis camisetas..., y volví a recorrer el mismo camino con la incomodidad de la arena en los zapatos y tras dos intentos infructuosos de hablar con Susana. Entre la multitud discreta, sólo un hombre joven supo llamar mi atención por la posibilidad de tener algo en común conmigo. Lo vi pasar desde la cabina y decidí, si tal cosa puede ser considerada una decisión, bajar en su misma parada mientras me entretenía en imaginarla dejando sonar el teléfono con la misma mirada perdida que me había dirigido la última vez que nos vimos. En realidad no había sido ella quien me había sugerido la idea de esta absurda experiencia literaria; sin embargo, desde el primer momento, pensé que nos acercaría de nuevo, que nos serviría de pretexto para poder dirigirnos a Miguel con algo más de naturalidad. De hecho, aún barajo la posibilidad de enviarle a Albacete las notas de este fin de semana: apenas diez páginas llenas más de imaginación que de emociones. Diez páginas delante del mismo café.

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    1. ...Ocupo las noches dejando vía libre a mis ganas de llorar y durante el resto del día aparento la torpe normalidad del recién llegado. Aunque hace ya más de un año que la herencia se hizo efectiva, no decidí instalarme en el piso de Valencia hasta la semana pasada, un miércoles con la suerte de las primeras moscas del año. Afortunadamente, los viejos recuerdos se limitaban a cuatro paseos inconexos por los mercados, de la mano de mi padre, con lo que el resto de la ciudad iba a ser capaz de transmitirme la palpable sensación de un desconocido.
      Tras una breve aclimatación o una larga pérdida de tiempo, el viernes a primera hora compré un cuaderno cuadriculado en una papelería de la calle Sueca, volví a casa para hacer una lista incompleta de todo aquello que podría serme útil para una estancia indefinida, y cogí un autobús hasta la playa de la Malvarrosa. Creo que pasé tres horas sin ser capaz de escribir una sola palabra, repasé la lista: cafetera, cuatro bolígrafos, seis camisetas..., y volví a recorrer el mismo camino con la incomodidad de la arena en los zapatos y tras dos intentos infructuosos de hablar con Susana. Entre la multitud discreta, sólo un hombre joven supo llamar mi atención por la posibilidad de tener algo en común conmigo. Lo vi pasar desde la cabina y decidí, si tal cosa puede ser considerada una decisión, bajar en su misma parada mientras me entretenía en imaginarla dejando sonar el teléfono con la misma mirada perdida que me había dirigido la última vez que nos vimos. En realidad no había sido ella quien me había sugerido la idea de esta absurda experiencia literaria; sin embargo, desde el primer momento, pensé que nos acercaría de nuevo, que nos serviría de pretexto para poder dirigirnos a Miguel con algo más de naturalidad. De hecho, aún barajo la posibilidad de enviarle a Albacete las notas de este fin de semana: apenas diez páginas llenas más de imaginación que de emociones. Diez páginas delante del mismo café.

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